Mohamed VI mira al Golfo

Escrito por Laura Casielles

El monarca marroquí —acompañado por su hermano el príncipe Mulay Rashid, cuatro consejeros, seis ministros y varios representates del Ejército— comenzó el 16 de octubre una gira de una semana en la que se encontró oficialmente con autoridades políticas e importantes hombres de negocios del golfo Pérsico. El viaje tenía como objetivo encontrar socios para diversos proyectos empresariales y de desarrollo, en un movimiento estratégico que no es ajeno a la oportunidad que revestiría en el contexto actual cambiar sus prioridades de alianzas políticas.

En un momento en que Europa y Estados Unidos ya no aparecen como los socios más capaces de ofrecer un apoyo sólido a la prosperidad y la legitimidad anheladas por el régimen, Mohamed VI ha decidido buscar en otras tierras a sus aliados prioritarios. Las monarquías de Oriente Próximo parecen como la opción más evidente dada su afinidad política con el régimen alauí y su holgada situación económica, y de ahí su vista a Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Kuwait.

Además de relegar a un segundo plano las relaciones con el viejo y el nuevo continente, el cambio de prioridades podría chocar con los intereses de la Unión del Magreb Árabe, a cuya recomposición Marruecos confirmó su adhesión en los últimos meses. Estas dos actuaciones de Marruecos parecen incompatibles, ya que la organización norteafricana para funcionar con solvencia necesita cierta independencia del poder incontestable de los Estados del Golfo. De hecho, el primer desplante a los viejos socios llegó ya fue la propia gira, que implicó que se cancelara una reunión de la iniciativa 5+5 —que promueve desde hace casi una década las relaciones entre cinco países de Europa (España, Italia, Francia, Portugal y Malta) y los cinco del Magreb (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania)— que estaba previsto celebrar en Marruecos durante esa misma semana. . La cumbre, que debía reunir a Jefes de Estado Mayor de la Defensa de los dies países, tuvo que aplazarse porque el general de las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos, Abdelaziz Bennani, fue llamado a acompañar al rey en su viaje

No es la primera vez que la cercanía entre Marruecos y los países del Golfo se hace evidente en un contexto en el que resulta especialmente oportuna. En mayo del 2011, en plena ola de revueltas en la región, Marruecos recibió una invitación para entrar a formar parte del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) —una unión aduanera que protege los intereses en la gestión del petróleo de los países productores de esa zona y establece asistencia militar mutua entre ellos—. Parecía claro que dicha organización buscaba contar con las fuerzas militares marroquíes, mucho más amplias que las de las petromonarquías, si era necesaria una intervención para contener las protestas en alguno de los países implicados (por ejemplo, fueron tropas amparadas por el CCG las que, bajo el pretexto de defenderse contra una posible amenaza iraní, amoradazaron en marzo de 2011 en Bahréin la rebelión de la mayoría chií).

Aunque la invitación fue retirada seis meses más tarde sin que Marruecos diese una respuesta definitiva, la jugada revela ahora sus ases ocultos: entre la monarquía alauí y las de Oriente Próximo se ha ido tejiendo una red de alianzas que, desafiando la distancia geográfica, acaban de concretarse en un marco de cooperación entre cuyos acuerdos está la financiación de proyectos por valor de unos 4 000 millones de euros en los próximos cinco años. Ahora está claro que cerrar esos acuerdos fue la razón de que Mohamed VI, que rara vez se embarca en periplos de esta clase, asumiera en esta ocasión una apretada agenda de encuentros y visitas. Entre sus citas no faltaron las apariciones públicas y las declaraciones a la prensa para dar difusión a un discurso de adhesión y admiración hacia los regímenes con los que se establecían los tratos en lo que parece un intento de lavar la imagen de esas monarquías ante la opinión pública marroquí.

Entre los acuerdos que conciernen a todos los países del CCG destacan los referentes al turismo; con una financiación de 49 000 millones de dirham (4400 millones de euros) en los próximos diez años, esperan revertir el golpe que este sector ha sufrido en Marruecos a raíz de la crisis económica europea, el atentado perpetrado en Marrakech en abril de 2011 y la imagen de inestabilidad que pueden proyectar las movilizaciones sociales de la región. Por su parte, Marruecos no descarta vender a los miembros del CCG buena parte de algunas de las principales empresas nacionales, como la central de comunicaciones Maroc Telecom o la compañía aérea Royal Air Maroc. Esas operaciones contarían con un fuerte componente político y estratégico, más allá del mero beneficio económico, ya que serían un paso hacia el monopolio de los países del Golfo en el Magreb en sectores que hasta ahora han sido competencia del Estado (o de las antiguas metrópolis).

Arabia Saudí fue uno de los países en los que las reuniones resultaron más fructíferas: el monarca encontró financiación para el Plan Verde (de desarrollo agrícola), para proyectos de energía solar y para la construcción de puertos y autopistas, entre otros.

Por el contrario, la contribución qatarí es la más baja de todas las del Golfo, aunque aportará al reino alauí no menos de 1 250 millones de dólares, destinados a fines similares a los de la financiación saudí. Eso sí: en las conversaciones, los representantes del Gobierno de Doha manifestaron la intención de abrir barreras para admitir más mano de obra cualificada en Qatar, un país cuya prosperidad se sustenta en gran medida en el trabajo de los inmigrantes, que sufren condiciones laborales y de vida muy desfavorables.

Emiratos Árabes Unidos, por su parte, ya es uno de los principales inversores en el reino alauí, y a su cuenta se cargan ambiciosos proyectos como la construcción de un moderno complejo residencial en la ría del Bu Regreg en Rabat, con una financiación de 7 000 millones de dirham (630 millones de euros). Ahora, los dos países se plantean trece nuevos proyectos de inversión, centrados sobre todo en la construcción de infraestructuras y en prestaciones sociales.

En cuanto a Kuwait, un país con el que Marruecos tiene una larga tradición de cooperación pero que Mohamed VI visitaba por primera vez, el Fondo por el Desarrollo Económico Árabe (FKDEA) confirmó su decisión de seguir apoyando proyectos de gran envergadura, como las obras del tren de alta velocidad que unirá Tánger y Casablanca (que también cuentan con financiación saudí) o la construcción de una presa en la región de Uarzazat.

Por último, Jordania, con su monarquía moderada y su sociedad de rostro modernizado, es el país más parecido al suyo que Mohamed VI puede encontrar en la región. Quizá por eso, allí la visita tuvo un cariz menos económico que político y humanitario; los actos centrales fueron el encuentro con su homólogo jordano para intercambiar puntos de vista sobre la crisis siria y la visita a un hospital marroquí en un campo de refugiados.

Y es que resulta inevitable que estos acuerdos económicos tengan consecuencias en las posturas políticas de Marruecos en temas como el conflicto sirio, las movilizaciones ciudadanas en los países del Golfo u otros asuntos vitales en esta región que, tras los cambios de regímenes y Gobiernos propiciados por los movimientos populares del pasado año, se encuentra en plena reconfiguración de afinidades y alianzas. El nuevo mapa es también una cuestión de finanzas, y Marruecos, con su posición estratégica, juega a todas las bandas: no renuncia a sus buenas relaciones con Estados Unidos, saca partido del estatuto privilegiado que le otorga la Unión Europea, reaviva sus relaciones con un Magreb renovado por la caída de las dictaduras, y, ahora, también mira al Golfo.

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