Viajar a Zanzíbar

La isla de playas interminables que huele a clavo y cardamomo, con palmeras infinitas que retan a un cielo siempre limpio, ha sido, desde tiempos remotos, deseada por todos. Sobran los motivos.

Evocarla es percibir una vez más el aroma del clavo y el cardamomo; pronunciar su nombre, rescatar de la más remota memoria historias de sultanes, tragedias de esclavos, aventuras de exploradores. Recordarla es avistar en el horizonte la silueta de la vela latina de los dhows, surcando un Oceáno Índico tan infinito como los azules que lo componen, es sentir bajo los pies, una vez más, una arena tan fina, tan blanca como la de las interminables playas de Kiwengwa o de la sureña Menai, cuyas cálidas aguas albergan fascinantes arrecifes.

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Frente a Menai habita, en el islote de Pungume, un mágico baobab, inmenso y retorcido por el tiempo, entre verdes inabarcables. Y es que un manto desbordante de vegetación cubre toda la isla. Palmeras infinitas retan al cielo y resisten a los vientos. El jengibre echa sus raíces en cualquier lugar; pimienta, curry, nuez moscada, canela o cacao la convirtieron en la isla de las especias, que junto con su situación privilegiada le concedieron en el pasado un esplendor inusitado para tan pequeño lugar.

La ambicionaron todos. Fenicios, bantúes, egipcios, árabes, portugueses, británicos… Y así, como si cada uno hubiera depositado una piedra, se construyó su capital, Stonetown, esa frágil torre de Babel ceñida por el fuerte árabe, con la emblemática Casa de las Maravillas —levantada en 1883 por el sultán Barghash, como muestra de su modernidad—. Con su templo hindú, sus callejuelas laberínticas que huelen a zoco, por donde corretean niñitos cargando su Corán para asistir a las madrassas.

Con el mercado de pescado de Malindi, junto al dique seco, o el de frutas y carnes, de colores y olores indescriptibles, de Darajani. Detrás de este mercado se localiza el hamam de estilo persa. Y frente a estos baños se suceden las viviendas de fascinantes puertas labradas, con reminiscencias del Punjab, versículos coránicos, peces y lotos para dar fecundidad y prosperidad a sus propietarios.

Tras los pasos de Livingston

Pero no todo fueron grandezas en Zanzíbar, también hay lugar aquí para la vergüenza. Porque la isla obtuvo grandes beneficios del tráfico de esclavos. Como recordatorio queda la Casa de Tippu Tip, el más famoso traficante de la región, y la Catedral Anglicana, levantada sobre el antiguo mercado de esclavos. Bajo ella permanecen las fosas donde los encerraban durante 162 días. Los que sobrevivían eran subastados. Todavía se siente la asfixia. La que produce la infamia.

En el interior de la catedral (con sus columnas invertidas, porque los locales interpretaron al revés los planos diseñados en Inglaterra) se esconde la cruz de Livingston, ferviente luchador por la abolición de la esclavitud. Porque aunque su cuerpo fue trasladado —precisamente desde la isla— a la Abadía de Westminster, su corazón descansa bajo un árbol en África; con cuya madera se hizo la pequeña cruz que cuelga en la iglesia. Dos años antes de su muerte, Stanley, enviado por un periódico neoyorquino, había acudido a rescatarlo. Para ello partió de Zanzíbar, donde los exploradores europeos habían hecho de la mítica Africa House (que todavía conserva sus cañones a la entrada) su cuartel general.

Hoy la isla — que en 1963 obtuvo su independencia del Reino Unido— parece vivir ajena a los avatares de su historia. Al atardecer los jóvenes se congregan en el muelle, mujeres ataviadas con pareos de intensos colores que se contraponen a su piel de ébano trabajan el campo, cargando enormes cestos en su cabeza, las vespas de la ciudad dejan paso a las bicicletas en los pueblos de adobe, niños risueños inundan las calles polvorientas, decenas de personas se amontonan festivamente en los curiosos dhala-dhala o autobuses.

Cronología de un deseo

Con una vida tan convulsa y apasionada como la historia de la isla, Arthur Rimbaud —que curiosamente había conocido a Stanley— presentía que Zanzíbar era ese paraíso. Y deseó, vehemente, viajar a ella, aunque jamás pudo lograrlo.

Adén, 17 agosto 1880: «Cuando tenga algunas decenas de francos, partiré hacia Zanzíbar». Harar, 12 marzo 1881: «Si me voy de esta región, bajaré probablemente a Zanzíbar».

Adén, 12 febrero 1882: «Si me voy, y cuento con hacerlo próximamente, será para regresar a Harar, o bajar a Zanzíbar». Adén, 15 abril 1882: «En un mes, estaré o de regreso en Harar, o de camino a Zanzíbar».

El Cairo, 23 agosto 1887: «Quizás vaya a Zanzíbar, desde donde se pueden hacer grandes viajes a África, o quizás a China, o a Japón, ¿quién sabe?». El Cairo, 24 agosto 1887: «Tomaré en Suez el barco hacia Zanzíbar el 15 de septiembre».

Adén, 8 de octubre 1887: «Descansaré un mes aquí antes de salir hacia Zanzíbar». Adén, 5 noviembre 1887: «Y quizás no vaya a Zanzíbar, ni a ninguna parte», escribió a su familia en la última misiva.

Dicen que en su agonía, cuatro años después, ya en Marsella, musitaba a su hermana, Isabelle: «Volver a Zanzíbar».

Sus presentimientos eran ciertos. No hace falta haber pasado una temporada en el infierno para sentir que Zanzíbar es el paraíso.

Viajar a Zanzíbar

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Viajes a Zanzíbar

Zanzíbar, o Unguja, es una hermosa isla de alrededor de mil seiscientos kilómetros cuadrados ubicada frente a la costa este de Tanzania, en el continente africano. Junto con la Isla de Pemba y la Isla de Mafia forman el Archipiélago de las Molucas o Islas de las Especias. El centro económico reside en la ciudad de Stone Town. Los dos idiomas predominantes en ella son el swahili y el inglés.

Las especias de la isla

Las famosas especias, conocidas desde la antigüedad (mientras fue posesión portuguesa y posteriormente británica), que producen estas islas son la pimienta, la nuez moscada y la canela; el cultivo y la exportación de las mismas y el turismo son las actividades más importantes. En 1964 se unió con el país continental de Tanganica para formar Tanzania.La isla está conectada a tierra firme mediante varias empresas de navegación que realizan el cruce desde la ciudad de Dar es Salaam.

Un legado cultural inmenso

Zanzíbar tiene influencias culturales de cada reino al que perteneció, incluidos los persas y los árabes que fueron sus primeros dominadores.

En la bella y fascinante Stone Town hay edificios de cada época de ocupación, calles anchas y perfectamente delineadas que se mezclan con atractivas callejuelas de estilo árabe, altas torres, bellísimas mezquitas y frentes de edificios con puertas de madera exquisitamente talladas. En ella se destacan el Puente Guliani y el Palacio del Sultán Barghash, construido casi a fines del siglo XIX.

Paseos turísticos

A pesar de todo lo que hay para ver el paseo turístico que cuenta con más adeptos es la visita a la casa natal de Freddie Mercury, cantante de la mítica banda de rock Queen. En los restaurantes más tradicionales podremos disfrutar de una cena sentados en grandes y cómodos cojines y sobre la costa hay bares iluminados con antorchas para quienes quieran disfrutar de un trago más despreocupadamente.

Hacia el sur tenemos las playas de Jambani, donde los monos se pasean por entre los árboles del selvático entorno. Para llegar a ellas se puede tomar un taxi o el medio de transporte más utilizado por los lugareños, unos minibuses a los que llaman “dala-dala” y que recorren la isla entera.

Otro buen destino es Matemwe donde la paz y la tranquilidad son totales y en la parte norte está Kendwa, con sus divertidas fiestas playeras nocturnas. Las cenas a la luz de las velas, contemplando las aguas calmas del Océano Índico, son otro de los atractivos del lugar.

Vacaciones tranquilas durante el día, acompañadas por una alegre vida después del anochecer. Así es Zanzíbar.

Isla de Zanzíbar en Tanzania

Hoy nos levantamos un poco más tarde que de costumbre, a las 8 de la mañana.

Nos duchamos y vamos a tomar un poco el sol antes de desayunar.

Después nos sentamos en la zona de bar, a relajarnos (si es posible hacerlo más de lo que estamos) y a conectarnos un rato, para mandar unos emails y unas fotos de la isla de Zanzíbar.

El resto del grupo tiene hoy una excursión por diferentes playas de la isla de Zanzíbar (más o menos lo que hicimos nosotros ayer).

Un par de parejas más han decidido quedarse también en el hotel y quedamos a las 11 para ir a la playa que nos han recomendado.

Antes de esto, hablamos con Gemma, para encargar la comida que tendremos a mediodía.

Ella ya nos ha comentado, que como allí tienen otra manera de “trabajar”, prefiere que le encarguemos por la mañana lo que comeremos, para asegurarse que a las 2 lo tendremos listo.

Sobre las 11 nos ponemos en camino, el paisaje de la isla de Zanzíbar que vemos es espectacular y eso nos hace que tardemos 1 hora y media en recorrer poco más de 2 kilómetros.

Nos vamos parando a cada momento haciendo fotos, acercándonos al agua, viendo corales…es espectacular.

Al final llegamos a la playa y sólo tenemos tiempo de parar un rato…nos ha dado la hora de comer, sin darnos cuenta!!

Las vistas que tenemos son impresionantes y nos despedimos con ese sabor de boca que dejan las imágenes que nos llenan totalmente.

Hoy hemos pedido para comer unas patatas bravas de primero y pizzas de segundo…

Algo ligerito!!

Después de comer, nos vamos a la habitación a descansar (más) y echar una siestecita.

La verdad es que este último día en Zanzibar ha sido un kit kat en el viaje por Tanzania. Todo descanso!

Y para mi fue todavía más relajante, a las 5 tenía contratado un masaje de cuerpo entero…

Así que estuve hasta las 6 y pico, en una cama, tumbada frente al mar…haciéndome un masaje…

Qué más se le puede pedir a unas vacaciones!!!

El resto de la tarde lo pasamos entre las hamacas, las tumbonas, el bar, el billar…hasta la hora de cenar.

La cena como siempre es muy completa y aquí es donde decidimos que mañana saldremos un poco más tarde de aquí, para ir a Stone Town.

La propuesta inicial era salir a media mañana, pero le proponemos a Gemma, si podemos quedarnos a comer allí y irnos después (ella nos hace el transfer al otro hotel)

No nos pone ningún inconveniente, así que decidimos hacer eso y así Roger también tendrá tiempo de ir a nadar con delfines por la mañana.

Después de pegarnos el lote con la cena, nos quedamos un rato en el bar y a preparar un poco las cosas para mañana…

Una pena, nuestra última noche en un sitio de ensueño en la isla de Zanzíbar en Tanzania…

Lo que tienes que hacer y ver en Zanzibar

Zanzíbar cuenta con la “ciudad de piedra” un estupendo centro histórico e callejuelas blancas, mezquitas y animados bazares declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO y que merece dejar por un rato la toalla y los baños en el mar.

“Bucear en Zanzíbar” es sencillamente espectacular. El norte de Pemba es especialmente visitado por buceadores. Además también merece la pena el windsurf o kitesurfing ya que los vientos son bastante constantes durante gran parte del año.

Tumbarse a descansar en una de las maravillosas playas de Zánzibar. Entre las más destacadas están las de la costa este.

Ver trabajar a los zanzibaries en la construcción (o reparación) de Dhows, un tipo de embarcación local.
Visitar alguna de las plantaciones de especias (clavo, nuez moscada, canela, cardamomo o pimienta) de las islas.

Bañarse con delfines en Kisimkazi o adentrarse en la selva de Jozani (para intentar ver al escurridizo y endémico de Zánzibar mono Colobo Rojo) son otras actividades estupendas que se pueden practicar en Zanzibar.

Visitar Prision island ó Chumbe Island. Tras el recorrido por la prisión se pueden ver Tortugas gigantes en la playa.

Nadar con tiburón ballena en la isla de Mafia. Zanzibar es un paraíso para los buceadores.

Probar la gastronomía local en los puestos callejeros de Forodhani Gardens o Stonetown.

Un opción muy popular en un viaje a Zanzibar es hacer el “tour de las especias” en el que se recorren plataciones de canela, nuez moscada, vainilla o pimienta.

Hace un par de años organicé un viaje para recorrer Zanzíbar, la isla de las especias perteneciente a Tanzania, y situada situada en el Índico. En esta isla se puede disfrutar de sus aguas cristalinas tanto por arriba, navegando, como por debajo, buceando.

Fue un viaje organizado por mi desde sus inicios, tanto la contratación de vuelos, transfers, localización de hoteles y selección de la agencia de buceo, sin tener referencias previas. Siendo África y sin muchas opciones de contacto en caso de fallos, había algo de incertidumbre. Por eso cuando salimos, había una cierta expectación, un poco de emoción añadida sobre qué pasaría, qué tal nos iría.

He de decir que el viaje fue muy agradable, pese a que tuve que realizar unas cuantas escalas para buscar un precio más económico —ya dedicaré un post a esto de buscar vuelos y meter escalas— y que al llegar a la isla de Unguja, me sentí contento al haber llegado a un lugar tan poco conocido en mi entorno e amigos.

Las islas que configuran el territorio de Zanzíbar son tres, Unguja, Mafia y Pemba y es al archipiélago al que le han denominado Isla de las especias, —al igual que a las islas Molucas— por ser estas un cultivo o actividad económica habitual.

Su situación pegada a las costas de África a la altura de Goa y otras provincias de la India, hacían que esta isla fuera lugar de paso de barcos comerciantes por lo que las islas fueron siempre punto de encuentro de tan ricos productos aromáticos.

La llegada y el camino a Nungwi

transfer en zanzíbar

Al llegar a Zanzíbar City, y para llegar desde el aeropuerto a nuestro alojamiento en la costa habíamos reservado un taxi local pero allí no había nadie y era el único vuelo internacional que llegaba a esa hora. Nos abordaban los taxistas diciendo que ellos nos llevaban pero como habíamos contratado el transfer, llamamos y nos dijeron. Hakuna Matata, no hay problema, estamos ahí mismo esperándole.

Yo que llevaba 30 minutos aburrido en el aeropuerto me enfadé un poco con el cachondeo del Hakuna Matata pero pronto aprendí que en Tanzania y en Zanzíbar en particular, la prisa no funciona, todo es Pole pole, —tranquilo en expresión local— y que Hakuna Matata, efectivamente significa no hay problema en idioma Suajili.

Los del transfer efectivamente estaban allí en el aeropuerto pero no se habían acercado a buscarme sino que esperaban en el parking que yo les encontrase a ellos… Y así comenzó nuestro viaje por la isla de Unguja, la principal de Zanzibar recorriendo sus carreteras —muchas de tierra— para llegar a la costa.

Una vez resuelto el tema, venía el viaje hasta Nungwi, la ciudad costera de Zanzíbar donde teníamos el hotel, una especie de palafito flotante sobre las aguas azules turquesa del Índico en el que pasaríamos unos días y en cuyas inmediaciones habíamos buscado la agencia de buceo.

Para llegar a Nungwi hay que pasar por numerosos poblados y carreteras de tierra y el viajero poco avezado puede sentirse un poco turbado ante el panorama. Has contratado un viaje paradisíaco, a las cristalinas aguas del Océano Índico y la primera impresión es que solo ves una situación poco alentadora para viaje romántico o de placer.

cybercafe y farmacia

Cuando estábamos llegando, pasamos por el centro de Nungwi, una especie de gran plaza con colegios a los lados, un solar descampado destinado a albergar dos grandes canchas de deporte y algunas casas y tiendas desperdigadas. Imaginad nuestra cara cuando vimos el cybercafé o la farmacia tras el puesto de comida. Nos invadió la decepción y sentimos algo de preocupación ante el panorama que nos esperaba.

Sin embargo, nada tienen que ver la pobreza y austeridad con que viven los habitantes de la isla de Zanzíbar con el panorama turístico que ofrecen al viajero. Una vez llegados a nuestro hotel, el cambio era drástico. Todo funciona, todo preparado para unas buenas vacaciones de buceo, incluso con un moderado y accesible lujo sobre todo en comparación con lo que habíamos visto.

Nos esperaban unos increibles spots donde bucear, grandes animales como el mola-mola a los que ver y fotografiar y un paseo por campos de especias, cafés increíbles y una gastronomía muy interesante. Estábamos cansados y ansiosos.

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