El riad de las mil y una noches

El Royal Mansour, un hotel de alta costura en Marrakech, recoge la mejor tradición artesanal de las ciudades imperiales. Fue un proyecto majestuoso encargado directamente por la familia real alauí.

Uno nunca sabe a ciencia cierta cuando termina su estancia en un hotel. Hay ocasiones en que el check out marca de forma contundente la salida y en otras, las menos, intuimos que el hotel formará parte de nuestras vidas por un periodo de tiempo imposible de determinar. El Royal Mansour, en Marrakech, es una de esas raras avis que dejan una huella profunda y deliciosa que quisiéramos no se borrara jamás.

A medio camino entre un palacio, una pequeña ciudad encantada y el sueño de un rey, el Royal Mansour es probablemente el hotel concebido con mejor gusto y más amor al detalle de toda África y uno de los pocos del mundo realizado enteramente a mano. Podría decirse que es un hotel de alta costura hecho a puntadas siguiendo la exquisita tradición ornamental del arte islámico. En él han trabajado durante cuatro años 400 artesanos, principalmente marroquíes de la zona del Atlas, y parece obvio que ajustarse a un presupuesto concreto no era la prioridad de un proyecto tan majestuoso encargado directamente por la familia real alauí.

Como ocurre en algunos antiguos palacios de Venecia reconvertidos en lujosos hoteles, la sensación al flanquear sus imponentes puertas de entrada es que se accede a otra dimensión que trastoca nuestras referencias temporales. Y no sólo. De acuerdo, es sólo un hotel y nosotros no somos más que sus privilegiados clientes, pero uno siente que durante su estancia se convertirá en el huésped de un sultán, de un visir, de un personaje sacado de Las Mil y una noches.

Exquisito escenario

Si en el clásico de la literatura oriental, un cuento lleva a otro cuento, aquí cada objeto parece conducirnos a otro objeto y éste a una historia cuyos entresijos quisiéramos averiguar. Uno podría quedarse embobado mirando hasta los tiradores de las puertas, los agarraderos de las cortinas o esa pequeña caja de cuero repujado que esconde el mando a distancia de la televisión. ¿Qué manos, qué mentes, qué sensibilidades han tejido los mimbres de este exquisito escenario tan alejado del burdo oropel del lujo de nuevo cuño que se levanta a base de petrodólares en los países del Golfo?

Un hotel con tantas pequeñas historias tenía que partir de un gran relato. El Rey Ahdmed Ben Abdallah regaló a uno de sus hijos Aderrahamane Mamoun un fabuloso jardín donde hoy se levanta el espléndido Hotel La Mamounia, del que toma el nombre. A pocos metros hizo construir otro para su hijo Al Mansour, un príncipe ciego con especial sensibilidad para las artes, cuyo espíritu parece haber inspirado este lugar tan especial.

El primer acierto del proyecto es huir de las edificaciones occidentales tipo hotel y concebirlo como una medina, con la construcción típica de Marrakech, el riad, como protagonista. No hay habitaciones, ni suites. 53 riads de distintos tamaños se reparten en esta medina que ocupa 3,5 hectáreas de jardines con fuentes, olivos centenarios y limoneros a un paso de la plaza de Jamaa el Fna.

Un riad para cada cliente

Cada cliente tiene su propio y fabuloso riad de tres alturas, con un patio, un salón con chimenea, vestidores, al menos un dormitorio y una terraza en la parte superior con una pequeña piscina con vistas al Atlas o la Koutoubia. Aunque los espacios comunes son realmente soberbios, la vida se hace principalmente de puertas para adentro. No hay esa sensación de gran mundo, de escenario de bonvivants cosmopolitas que puede disfrutarse en la piscina del vecino La Mamounia.

Esto es otra historia, y quizá no para todos los gustos. Bienvenidos al reino de la discreción y la privacidad. El numeroso servicio se mueve además por una ciudad subterránea construida en paralelo, lo que aumenta esta sensación de no estar en un hotel al uso. A veces se les ve en los jardines, con trajes típicos de Fez y de otras ciudades imperiales, y siempre solícitos en las zonas de entrada.

Al mando de este equipo se encuentra el veterano hotelero francés Jean Pierre Chaumardl, un histórico del mundo de la hostelería que ha conseguido imprimir al Royal Mansour un nivel de servicio excepcional que atrae discretamente a los happy few llegados de todos los rincones desde que abrió sus puertas hace dos años.

Huéspedes de lujo

En su libro de honor se pueden ver las firmas de unos cuantos royals árabes, europeos y españoles y nombres como los de Sarzoky y Bruni, Jean Paul Belmondo o Simongy Weber. Personajes más anónimos dejan sus impresiones en sitios como Trip Advisor, donde se pueden encontrarse comentarios del tipo: «Nunca escribo comentarios, pero este hotel es el mejor en el que he estado jamás». «Olvídese de la Mamounia, es sólo un hotel. Este es un verdadero palacio».

La guinda gastronómica de ese hotel al alcance de muy pocos bolsillos la pone el triestrellado chef Yannick Alléno, con sendos restaurantes de comida francesa y marroquí. El spa es sencillamente un mundo aparte dentro de este mundo aparte. ¿Sería aquí donde se recuperaba Sherezade de sus largas noches insomnes para retomar de nuevo sus fabulosos relatos?

ocholeguas

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