Historia de Marruecos, BATALLA DE WAD-RAS

BATALLA DE WAD-RAS (23 de marzo de 1860)

Victoria española que abría el camino hacia la conquista de Tánger.

La Batalla de Wad-Ras, también llamada de Vad-Ras o Gualdrás, fue un episodio bélico ocurrido el 23 de marzo de 1860 dentro de la primera guerra de África (1859–1860), que junto con la batalla de Castillejos y la batalla de Tetuán, completaron la actuación que llevó a cabo España en el norte de África para reducir las hostilidades entabladas por bandas rifeñas contra la plaza española de Ceuta.

 

Tras conquistar Tetuán el 6 de febrero de 1860, la fuerza expedicionaria española, al mando del general Leopoldo O’Donnell (presidente del gobierno y ministro de la Guerra español), decidió avanzar hacia Tánger. El 23 de marzo, las tropas dirigidas por los generales Rafael Echagüe, Antonio Ros de Olano y Juan Prim (cuya intervención fue decisiva para la victoria del ejército español) vencieron a las fuerzas marroquíes en el valle de Wad-Ras. La derrota militar desarboló a las irregulares fuerzas marroquíes y provocó la inmediata petición de conversaciones para concertar la paz.

Wad-Ras fue una batalla en toda regla. Los marroquíes, sabedores de lo que se jugaban en la misma, cerraron el paso a los españoles antes de lo que O´Donnell sospechaba.

 

La primera fase de la batalla se centró alrededor del puente sobre el Bu-Seja. Tomado a la bayoneta por los batallones de Cazadores de Cataluña y Madrid, los moros trataron de recobrarlo de nuevo a toda costa. Para ello organizaron un fuerte contingente que garantizase la reconquista del puente y lo lanzaron al ataque. Las tropas españolas aguantaron el primer asalto del enemigo, pero quedó claro que no podrían aguantar un segundo asalto y que tendrían que retirarse. El mando español, sorprendido por la reacción enemiga, mandó a los “Voluntarios Catalanes” en apoyo de los Cazadores. El cronista Charles Yriarte lo describe así:

 

“La llegada de los catalanes al lugar del combate fue señalada por una lucha horrible. Después de la Batalla de Tetuán, este batallón había adquirido una reputación de bravura que deseaba mantener, y adelantándose al grupo de los jefes, los voluntarios rebasaron la línea de tiradores y se lanzaron a un cuerpo a cuerpo con el enemigo. La lucha fue terrible, y los cadáveres se amontonaban unos sobre otros. Cuando los catalanes volvieron a las filas españolas habían perdido a la mitad de sus fuerzas”.

El ataque de los Voluntarios Catalanes sirvió para consolidar el control del puente. Posteriormente el ejército español fue coronando, una tras otra, una serie de alturas que dominaban el valle de Wad-Ras. El general Prim tuvo a su cargo la tarea más penosa, teniendo que luchar contra un enemigo fanatizado, suicida (pues era tiempo de Ramadán), que surgía de cualquier sitió decidido a parar el avance español. Los batallones de Chiclana, Navarra, León y Toledo perdieron la mitad de sus efectivos.

 

Prim y Ros de Olano se adueñaron, por fin, de posiciones que aseguraban el paso del desfiladero de Fonduc, camino directo hacia Tanger. El cronista Yriarte refiere el final de la trágica jornada recogiendo, como resumen de la misma, las palabras de un miembro de los Voluntarios Catalanes al que se encontró agotado y vagando sin rumbo por lo que fue antes el campo de batalla: “Y vosotros ¿habéis tenido muchas bajas? – preguntó el reportero al soldado – Solo veo gorros rojos en las ambulancias (el escritor se refería a las barretinas, gorro típico catalán que adoptaron los Voluntarios Catalanes a su uniforme). El soldado respondió lo siguiente:

 

“Quedamos los suficientes para otra vez, señor. El día de la toma del campo perdimos un tercio de los efectivos; hoy ha caido el segundo tercio; antes de llegar a Tánger daremos otra batalla y moriremos el resto.”

A pesar de la fatiga de las tropas hispanas, al día siguiente y muy temprano, el general O´Donnell dio orden de marcha; era preciso aprovechar la desmoralización y, sobre todo, el desconcierto de los moros y atravesar el paso de Fonduc para llegar a la ciudad de Tánger, lugar de importante valor estratégico y donde los españoles estaban seguros que se decidiría el conflicto. Cuando las tropas se preparaban para marchar un jinete enemigo apareció por el horizonte y se dirigió al mando español, pretendiendo parlamentar. Era el primero de los emisarios del Sultán que proponía a los españoles iniciar las tan ansiadas conversaciones de paz.

 

Las obligaciones del Ramadán impidieron que el hermano del Sultán se presentara hasta unas horas más tarde para reunirse con los delegados españoles. La entrevista fue corta. El Sultán no puso objeciones a las demandas españolas y cedió a sus exigencias. El general Ustádiz, secretario personal de O´Donnell, salió de la tienda donde se producían las conversaciones y resumió la reunión ante los cronistas del acto con una simple frase:

 

“Señores, nos hemos hecho amigos.”

Como curiosidad, los cañones capturados a los marroquíes en la batalla de Wad-Ras (en uno de ellos parece que existía una leyenda que rezaba así: “Soy el terror de los cristianos”) fueron fundidos y con su metal se construyeron los leones que hoy presiden el Congreso de los Diputados del Estado Español. Son obra del escultor Ponciano Ponzano Gascón; la fundición de los mismos se hizo en la Maestranza de Sevilla en el año 1865. El peso del conjunto supera los 4900 kilogramos, y la altura y longitud de cada uno rebasan en poco los 2 metros. Para las labores de cincelado se recurrió al francés Bergaret, y la dirección del fundido corrió a cuenta del maestro sevillano don José Muñoz.

 

La paz fue firmada en Tetuán el 26 de abril de 1860 mediante el Tratado de Wad-Ras entre España y el Sultanato de Marruecos, representados por O’Donnell y Muley-el-Abbas (hermano del sultán).

 

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LA PRIMERA GUERRA DE ÁFRICA (1859 – 1860)

Alarde militar español ante Marruecos y la opinión pública mundial, que acabó con “una paz chica para una guerra grande”.

 

 

 

<span>ANTECEDENTES</span> (1844 – 1859)

Entre los años 1843 y 1844 las ciudades de Ceuta y Melilla sufrieron una serie de ataques por parte de fuerzas marroquíes. En 1844 un agente consular español fue asesinado en Marruecos. El general Narvaez, presidente del gobierno español, protestó ante el sultán Muley Soleiman de forma tan enérgica que casi se llegó al borde de la guerra. Inglaterra medió en la disputa y logró que el sultán firmara en Tanger un acuerdo con España el 25 de agosto de 1844, que fue posteriormente ratificado por el Convenio de Larache el 6 de mayo de 1845, en el que, entre otros acuerdos, se fijaron los límites de la ciudad de Ceuta.

 

A pesar de la firma del convenio, las ciudades de Ceuta y Melilla continuaron sufriendo constantes incursiones por parte de grupos marroquíes. A ello se unía el acoso a las tropas destacadas en distintos puntos, sobre todo en 1845, 1848 y 1854. Las acciones eran inmediatamente repelidas por el ejército, sin que éste pudiera internarse en territorio marroquí en persecución de los agresores, por lo que la situación se repetía de forma habitual. De esta forma, el gobierno español decidió dar un golpe de efecto para frenar los ataques marroquíes e invadió sin previo aviso las islas Chafarinas en 1848.

 

 

General don Leopoldo O´Donnell, presidente del Gobierno español en 1859. Había subido al poder el 30 de junio de 1858 como miembro del partido de la Unión Liberal. Permaneció al frente del gobierno hasta 1863, lo que le convirtió en el jefe del gobierno más largo del reinado de Isabel II..

 

Las islas Chafarinas se encuentran a 27 millas al esta de Melilla. Habían estado desabitadas desde siempre, siendo consideradas como “res nulius” o tierra de nadie. El general Narvaez ordenó su ocupación, por lo que el 6 de enero de 1848 tropas españolas procedentes de Melilla y Málaga desembarcaron en el archipiélago, adelantándose con ello en seis horas a los planes de ocupación que los franceses iban a poner en ejecución. A partir de entonces se iniciaron una serie de encuentros entre ESpaña y Marruecos que culminaron en 1859 con la firma del Convenio de Tetuán, donde se pretendía poner fin a los problemas fronterizos entre ambos países.

 

Simultáneamente, España decidió materializar la defensa de los límites de Ceuta pactados en el Convenio de Larache mediante la construcción de una serie de fuertes. El 11 de agosto de 1859, el destacamento español que custodiaba la construcción del cuerpo de guardia de Santa Clara en el campo exterior fue objeto de agresiones por parte de los rifeños de Anyera, que destruyeron parte de las fortificaciones y arrancaron y ultrajaron el escudo de España. El 24 de agosto los marroquíes repitieron la misma acción hostil. Cuando la noticia llegó a la Península, una ola de indignación recorrió el país [01].

 

El general don Leopoldo O’Donnell, presidente del Gobierno español en aquel momento, pensó llegado el momento de colocar a España de nuevo entre las potencias de primer orden, por lo que no quiso perder la oportunidad de obtener una victoria militar fulminante [02]. Para ello, exigió al sultán de Marruecos, Muley Mohamed, un castigo ejemplar para los agresores. El 5 de septiembre el cónsul español de Tánger presentó un ultimatun a Marruecos: exigió la reposición de los destruidos escudos fronterizos de España, que fueran saludados por las tropas del sultán, y que los autores del hecho fueran castigados en Ceuta ante la guarnición española. El documento finalizaba con estas palabras:

 

“Si S.M. el Sultán se considera empotente para ello decidlo prontamente y los ejércitos españoles, penetrando en vuestras tierras, harán sentir a esas tribus bárbaras, oprobio de los tiempos que alcanzamos, todo el peso de su indignación y arrojo.”

Poco después el sultán falleció, y su hijo Mohamed Abdalrahman nunca cumplió el requerimiento del presidente del gobierno español. La respuesta dada por Marruecos fue difusa y ambigua. El general O’Donnell era un hombre de gran prestigio militar. La agresión marroquí sobrevino justo en el momento en el que estaba en plena expansión su política de ampliación de las bases de apoyo al gobierno de la Unión Liberal. Además, era plenamente consciente que desde la prensa se reclamaba con insistencia una acción decidida del Ejecutivo. Por ello su gobierno se movió con rapidez y consiguió apoyos diplomáticos en el resto de países europeos, utilizando argumentos de honor mancillado y falta de seguridad en sus fronteras.

 

El 22 de octubre propuso al Congreso de los Diputados la declaración de guerra a Marruecos, tras recibir el beneplácito de los gobiernos francés e inglés, a pesar de las reticencias de este último por el control de la zona del estrecho de Gibraltar, y que al final debilitarían la posición española al terminar el conflicto. En efecto, Inglaterra exigió el compromiso de que España no permanecería en Tetuán ni Tánger, ya que temían un intento de ocupación permanente de esta última ciudad; además exigió a España su compromiso de no establecerse en ningún lugar del estrecho.

Toda la sociedad española acogió la guerra con entusiasmo. La reacción popular fue unánime. La Cámara aprobó por unanimidad la declaración de guerra y todos los grupos políticos, incluso la mayoría de los miembros del Partido Democrático, apoyaron sin fisuras la intervención militar.

 

 

<span>DESARROLLO DE </span><span>LA GUERRA</span> (1859 – 1860)

En el Principado de Cataluña y en las Provincias Vascongadas se organizaron centros de reclutamiento de voluntarios para acudir al frente, donde se inscribieron muchos elementos carlistas, sobre todo procedentes de Navarra, en un proceso de efervescencia patriótica como no se había dado desde la Guerra de la Independencia. El presidente de la Diputación de Barcelona, Victor Balaguer, organizó un Tercio de Voluntarios que se pondría directamente al mando del general Prim.

 

 

En la zona de Málaga y Algeciras de congregó un Ejército Expedicionario de 36.000 soldados de Infantería y Caballería, 65 piezas de Artillería y 41 navíos de guerra y transporte entre 17 buques de vapor, 4 de vela y 20 lanchas cañoneras. Mandaba las fuerzas el propio presidente del Gobierno, general O´Donnell, quien dividió las fuerzas de Infantería en tres cuerpos de ejército en los que puso al frente a los generales Juan Zavala de la Puente, Antonio Ros de Olano y Ramón de Echagüe. La división de Caballería quedó al mando del general Alcalá Galiano, y el cuerpo de reserva estuvo bajo el mando del general Juan Prim. El almirante Segundo Díaz Herrero fue nombrado jefe de la flota. Los objetivos fijados por el gobierno eran la toma de Tetuán y la ocupación del puerto de Tánger.

 

Avance del ejército español en Marruecos desde Ceuta (1859-60). (Fuerzas Regulares Indígenas. De Melilla a Tetuán. 1911-14. Pág. 19).

 

El 11 de diciembre de 1859, tras 40 días del comienzo de las hostilidades, el Tercer Cuerpo de Ejército, al mando del Teniente General Ros de Olano, embarcó en el puerto de Málaga en 19 naves que le condujeron a Ceuta [03].

Previamente a la llegada del grueso del ejército a Ceuta, el mando español decidió mejorar las defensas de la plaza y expulsar a las tropas moras [04] de sus posiciones. Para ello el 12 de diciembre se desataron las hostilidades por la columna mandada por el general Echagüe, que tomó la fortificación de El Serrallo. Cinco días después, el 17 de diciembre, el general Zabala ocupó la Sierra de Bullones. El resto de las tropas fue desembarcando paulatinamente en Ceuta, donde acabaron de concentrarse el 21 de diciembre, momento en que el general O´Donnell se puso al frente del Ejército Expedicionario. El día de Navidad los tres cuerpos de ejército habían consolidado sus posiciones y esperaban la orden de avanzar hacia Tetuán.

 

El 1 de enero de 1860 se libró la batalla de Castillejos, que resultó la primera victoria española el campo abierto. El general Prim avanzó en tromba hasta la desembocadura de Uad el Jelú con el apoyo al flanco del general Zabala y el de la flota, que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. En el momento más crítico de la batalla el general Prim se lanzó hacia las filas enemigas enarbolando la bandera de España, arrastrando con su acción a los soldados del Regimiento de Córdoba.

 

Las refriegas continuaron hasta el 31 de enero, dia en que fue contenida una acción ofensiva marroquí y se logró una nueva victoria en el Monte Negrón, abriéndose con ello el camino del Ejército Expedicionario hacia Tetuán. El avance español fue detenido por las tropas marroquíes el 4 de febrero, dando lugar con ello a la batalla de Tetuán. Los combates tuvieron lugar los días 4 y 5 de febrero. Los españoles recibían la cobertura de los generales Ros de Olano y Prim en los flancos. La presión de la artillería española desbarató las filas marroquíes hasta el punto de que los restos de éste ejército tomaron refugio en Tetuán, que cayó en manos españolas el día 6 de febrero. Ese días los voluntarios catalanes izaron la bandera de España en la alcazaba de la ciudad.

 

Batalla de Tetuán, pintado por Rosales en 1868.

 

Alcanzado el primer objetivo, comenzaron los preparativos para la consecución del segundo: la ciudad de Tánger. El ejército se vio reforzado por las unidades voluntarias vascas, con gran número de carlistas, que en un número aproximado de unos 10.000 hombres más, desembarcaron durante el mes de febrero hasta completar una fuerza suficiente para la ofensiva del 11 de marzo.

 

El 11 de marzo se libró el duro combate de Samsa. Los españoles se enfrentaron esta vez a muchedumbres de cabileños del Rif, llegados expresamente de sus montañas para demostrar a los flojos tetuaníes y a los miedosos “moros del Rey” cómo se combatía para echar a los cristianos al mar. Sin embargo, tampoco ellos lograr frenar el avance español.

 

Los españoles prosiguieron su marcha hacia Tánger, donde se encontraba el sultán en esos momentos. El día 23 de marzo las tropas españolas, dirigidas por los generales Rafael Echagüe, Antonio Ros de Olano y Joan Prim, vencieron contundentemente a las fuerzas marroquíes en la batalla de Wad-Ras. La victoria militar española aplastó a las tropas del Sultán. El generalísimo marroquí Muley el Abbas, hermano del Sultán, prefirió capitular ante los españoles antes que correr el riesgo de cerrarles el paso del Fondak de Ain Yedida y, con él, el paso hasta Tánger.

 

Tras un periodo de armisticio de 32 días, el 26 de abril se firmó en Tetuán el Tratado de Wad-Ras.

 

 

<span>TRATADO DE WAD-RAS</span> (26 de abril de 1860)

El tratado de Wad-Ras puso fin a la guerra. Fue firmado en Tetuán el 26 de Abril de 1860. Por el tratado, se declara a España vencedora de la guerra, y Marruecos es declarado perdedor y único culpable de la misma. A pesar de la victoria lograda, España no logró ninguna expansión territorial ni ventaja importante, pues ni Francia ni Inglaterra lo consintieron. El acuerdo, calificado popularmente como una “paz chica para una guerra grande”, estipuló lo siguiente:

  • Se ratificó el convenio firmado el 24 de agosto de 1850 sobre el dominio de la plaza de Melilla a perpetuidad, que vió aumentado su perímetro fuera del área fortificada mediante el establecimiento de una zona de seguridad alrededor de la ciudad y de una zona neutral, y de los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas.
  • Se aumentó el área de dominio de Ceuta y sus alrededores a perpetuidad, incluyendo todo el territorio que iba desde el mar, pasando por los altos de la Sierra de Bullones, hasta el barranco de Anghera.
  • El cese de las incursiones a Ceuta y Melilla. Para ello España consiguió que se instalase un caid del Sultán al mando de una mehal-la armada frente a las ciudades de Ceuta y Melilla con misiones de policía.
  • Marruecos reconocía la soberanía de España sobre las Islas Chafarinas.
  • Marruecos aceptó el pago a España de 400 millones de reales (100 millones de pesetas), en concepto de indemnización de guerra. Era evidente que esta suma no se llegaría a cobrar nunca en su totalidad; y cuando se pactó el 20 de noviembre de 1861 un tratado de comercio que declaraba a España como “nación más favorecida”, el mismo fue aprovechado por otros países mejor preparados para beneficiarse de sus cláusulas.
  • España recibía a perpetuidad el territorio alrededor del fortín de Santa Cruz de la Mar Pequeña (posteriormente denominado Sidi Ifni), frente a las islas Canarias, para establecer una pesquería en el asentamiento de una antigua factoría española creada en la zona en época de Isabel la Católica.
  • Tetuán quedaría bajo administración temporal española hasta que el sultanato pagase las deudas a España. A pesar de ello, las tropas españolas evacuaron Tetuán dos años y tres meses después de la firma del tratado, en julio de 1862.
  • España recibió autorización para que sus misioneros pudieran instalarse en Fez y para construir una iglesia frente al Consulado de España en Tetuán.

 

<span>CONSIDERACIONES PARA DESPUÉS DE LA GUERRA</span>

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A mediados de los años cincuenta del siglo XIX, los países europeos más desarrollados habían iniciado ya la carrera por el reparto de África y Asia que daría lugar al fenómeno llamado imperialismo. El desarrollo industrial que sufrió Europa en el siglo XIX obligó a las grandes potencias europeas (sobre todo a Inglaterra y Francia) a la búsqueda de nuevos mercados donde puedan abastecerse de las materias primas tan necesarias para sus industrias, y por lo tanto y por un “efecto dominó”, la necesidad imperiosa de que los países europeos controlasen los puertos y las vías de comunicación.

 

Durante las dos primeras décadas del siglo, Francia había iniciado su penetración en el norte de África con la “Campaña de Argelia”, que culminó con la ocupación del Oranesado (región de Orán), cimentando de esta manera las bases de su expansión colonial por la zona, pues desde su base argelina los franceses prepararon su futura penetración en Marruecos.

 

El ejército francés, con el pretexto de perseguir a los “rebeldes” argelinos de Emir Abdelkader (líder de la resistencia contra Francia), llegó a penetrar en territorio marroquí. El apoyo del Sultán a los argelinos tuvo como consecuencia la Batalla de Isly, en el año 1844, donde la caballería marroquí fue derrotada por las tropas del Mariscal Bougeaud, derrota que tuvo como consecuencia que Marruecos tenga que aceptar una serie de condiciones comerciales favorables para el país galo, a la vez que se vió obligada a renunciar a un trozo de territorio fronterizo que el Sultán consideraba como parte marroquí y que, a decir verdad, nunca se había sabido muy bien quien era su propietario.

 

Por su parte, el Reino Unido era el país que tenía en esos momentos las mejores relaciones comerciales con Marruecos. Estas relaciones se remontaban al siglo anterior. Ahora, ante la amenaza francesa los británicos trataron de consolidar su posición privilegiada en el sultanado. Marruecos se convirtió así en una pieza muy codiciada por las grandes potencias europeas, potencias que la vieron como presa fácil para su expansionismo colonial.

 

España también puso sus ojos en Marruecos, donde se veía una posibilidad de expansión comercial y aun más (y quizá más importante para la clase política), de ganar prestigio frente al resto de las naciones europeas (España ya había perdido lo más importante de su Imperio de ultramar y su fuerza en las decisiones europeas había menguado de una manera considerable), y muy especialmente frente al eterno enemigo, el Reino Unido, que no consideraba en aquellos momentos a España más que una potencia de segundo orden. Los gobiernos unionistas intentaron que España participara en la empresa imperialista para estabilizar la política interior, ya que el clima de la época ligaba la prosperidad nacional a la capacidad de proyección imperial. En este contexto deben analizarse la intervención española en Indochina (1858) apoyando al colonialismo francés, la aceptación de la reincorporación de Santo Domingo (1861-64) y, sobre todo, la primera guerra de África, iniciada en octubre de 1859.

 

La situación de España a mediados del siglo XIX no era nada halagüeña. Desde el año 1833, fecha de la muerte de Fernando VII, el país había vivido en un constante estado de tensión; su empobrecimiento era evidente y su perdida de importancia entre las potencias europeas muy significativa. A esto había que ir añadiendo una serie de hechos que que dejaron al país convulso e inmerso en una desatada crisis interior.:

  • La Guerra Carlista de 1833, conflicto interno que duraría hasta 1839 -y en Cataluña hasta 1840-.
  • La revolución de 1840, que propiciaría la caída de la regente María Cristina.
  • El pronunciamiento contra Espartero de 1841 por parte de O`Donnell y el levantamiento posterior contra el mismo que hubo en Barcelona un año después.
  • Los brotes republicanos de la Ciudad Condal de 1843.
  • La llamada “rebelión de los esclavos” de 1844 en la isla de Cuba.
  • El comienzo en 1846 de la guerra de los “matiners” en Cataluña (segunda Guerra Carlista), -conflicto que duró tres años-.
  • Los pronunciamientos esparteristas 1844-46.
  • El atentado contra Isabel II de 1852.
  • El pronunciamiento militar de 1854 de Vicálvaro.

Así, en esta situación, la perspectiva de buscar un enemigo exterior, un enemigo que pudiera compilar todos los sentimientos dispares del país centrándolos únicamente en su amenaza, podía ser la solución idónea para mitigar y envolver la oscura situación de España en ese preciso momento.

 

El fervor que despertó la guerra de Marruecos reportó escasos beneficios territoriales y económicos, y costó muchas vidas. Aunque O`Donnell dijo de la guerra, una vez concluida, que “consiguió levantar a España de su postración”, tuvo un costo demasiado elevado; más de 7.000 muertos por el bando español (2/3 partes de los mismos a consecuencias de una epidemia de cólera y la temible disentería). Aunque se trata de un ejemplo clásico de “guerra de honor”, palabras que definían en la época un conflicto sin demasiado interés económico, hay que apuntar que, desde la perspectiva histórica del siglo XXI, no sirvió para gran cosa, pues ni se resolvieron los problemas internos del país ni España aumentó su prestigio internacional.

 

La victoria encubrió la mala planificación de la campaña y el pésimo pertrechamiento del ejército español; así, por ejemplo, en Ceuta faltaban aprovisionamientos y el nombre con que bautizaron los soldados a uno de los campamentos, “el del Hambre”, dice a las claras que lo de los suministros fue un problema que nunca se resolvió de modo satisfactorio. La lucha fue corta, seis meses, pero sangrienta. De todas las unidades combatientes, la que sufrió proporcionalmente una sangría mayor fue el Batallón de Voluntarios Catalanes que perdió, solo en la Batalla de Tetuán, un cuarto de sus efectivos y otro tanto en Wad-Ras.

 

La decepción ocasionada tras la victoria en Marruecos fue grande en muchos sectores de la población, de manera que la euforia imperial ya había decaído cuando se produjo la intervención española en México en 1861, junto con Inglaterra y Francia, que acabó con el establecimiento del trágico reinado del archiduque Maximiliano de Austria.

 

 

NOTAS:

 

[01] La Gazeta Militar: “¡Al África debe dirigirse la voz de la civilización! ¡Al África el ruido de las armas y las batallas!”. La España (periódico liberal): “La providencia parece no solo llamarnos, sino empujarnos a cumplir nuestro destino”. Emilio Castelar: “Nuestra espada debe abrir el caminio de la civilización en África”

.

 

[02] General O´Donnell: “Si hemos de ir al África, si la guerra se hace indispensable, es necesario llevar todos los medios de triunfar, es necesario llevar aprestos, es necesario llevar hospitales, es necesario llevar los recursos indispensables para asegurar la victoria”.

 

[03] El cronista y dibujante Charles Yriarte describió así el momento de la partida de las tropas: “La muchedumbre llenaba los muelles; volteaban las campanas, una banda militar tocaba la “Marcha Real”, los vítores de la multitud se mezclaban con el silbido de las locomotoras. Desde lo alto del muelle el obispo de Málaga bendecía las naves y las tropas; a su alrededor, la multitud devota se arrodillaba rogando por los que partían y que quizá nunca más volverían a ver tierra española.”

 

[04] Un cronista español de la época veía así al ejercito marroquí: “El ejército se compone en su mayor parte de negros, en número de cinco o seis mil, y los judíos tienen prohibida su entrada en el mismo. También se compone de negros la guardia del sultán, sea porque tenga en ellos más confianza, o por la reputación de que gozan de valientes. Además, cada “cabila” o partido suministra sus compañías y llevan su pendón de distinto color, colgado de un astil, que determina por una esfera dorada o plateada de 3 ó 4 pulgadas de diámetro. No se obliga a nadie a entrar en la milicia, ni a ir a la guerra … pero por su carácter naturalmente belicoso, a la primera orden del Monarca pueden en poco tiempo reunirse 100.000 hombres armados, porque todos los moros tienen armas, no habiendo leyes prohibitivas sobre el particular … Cinco mil infantes, cuarenta mil caballos, seis u ocho piezas de artillería, he aquí la proporción que en sus ejércitos guardan las diferentes armas … La infantería, base y nervios de nuestros ejércitos (los españoles), desempeña entre los moros un papel casi insignificante. La artillería, reputada por el arma decisiva de los combates, es casi desconocida entre los marroquíes, y el poco unos que hacen de ella lo deben a los renegados… En cuanto el sistema administrativos, hay poco que decir. Son muy pocos los soldados que tienen señalada una paga mensual, corriendo en tal caso con su manutención. En su defecto, el Sultán, de tiempo en tiempo y sin regla alguna, acostumbra a distribuir gruesas sumas de dinero entre los diferentes cuerpos, que sentados en el suelo se las reparten por igual, sin más fuerza ni razón. El mismo método se sigue en cuanto a los caballos, vestuarios y babuchas, que da Su Majestad cuando le place. Sin embargo, casi todos los meses hay lo que se llama “almona”, y consiste en el reparto de trigo, cebada, aceite y demás que los pueblos en contribución; la cual, como en toda el África, consiste en el diezmo de los frutos. Con esto se mantienen las tropas, menos cuando están en campaña, porque entonces todos los “aduares” y hasta el más retirado campesino, acuden a la primera orden del Bajá, con su porción de cebada, pan, gallinas, carneros, lecha y manteca de vaca; de modo que las tropas no sólo viven en la abundancia, sino que derrochan, habiendo más o menos orden en el reparto y consumo, según el buen sentido, o el arbitrario manejo de los Bajás…”

BATALLA DE CASTILLEJOS (1 de enero de 1860)

 

Primera victoria española en suelo marroquí en campo abierto en la primera guerra de África, y que abría el camino hacia la conquista de Tetuán.

 

 

<span>ANTECEDENTES</span>

Al amanecer del 1 de enero de 1860, tras tres meses de preparativos en los alrededores de Ceuta y en los que no han faltado los combates, el Ejército Expedicionario, a excepción de su Primer Cuerpo de Ejército del general Echagüe, que se quedó atrincherado en Ceuta para la defensa de la ciudad, se puso en marcha al fin tras haber preparado un camino que le llevase a Tetuán y haber recibido los hombres y pertrechos necesarios. Frente a ellos se encontraba un ejército marroquí en clara de ventaja numérica: entre 100.000 y 150.000 efectivos al mando del hermano del sultán, Muley el Abbas, que plantaron cara a los españoles frente a Tetuán para impedirles que se adentrasen en el país.

 

Batalla de Tetuan, ciudad que cayó en manos españolas el 6 de febrero de 18609. Cuadro pintado por Dionisio Fierros Álvarez.

 

El día amaneció purísimo y sereno. Desde antes de rayar el alba comenzaron a desfilar por la playa del Tarajar las unidades del Ejército Expedicionario, que avanzó faldeando la sierra por la playa observado en todo momento por el ejército marroquí, que acompaña en paralelo su movimiento desde las alturas que dominan el camino del valle del río Castillejos, resguardados tras las rocas y matorrales que coronan las cimas.

 

 

 

<span>ARTICULACIÓN OPERATIVA ESPAÑOLA</span>

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En vanguardia marchaba la División de Reserva al mando del general Prim, compuesto por las siguientes unidades:

  • 1er. y 4º Escuadrones de los Húsares de la Princesa, al mando de los comandantes don Juan Aldama y el marqués de Fuente-Pelayo.
  • Regimiento de Infantería del Príncipe, al mando del coronel don Cándido Pieltaín.
  • Batallón de Infantería de Luchana.
  • Batallón de Infantería de Cuenca, al mando del coronel don José Estremera.
  • Batallón de Cazadores de Vergara.
  • Tercios de Voluntarios Catalanes.
  • 1ª Batería de Artillería de Montaña.
  • Batería de Artillería del 5º Regimiento.

Detrás, en el centro del dispositivo, marchaba el general O’Donnell con el Cuartel General y el Estado Mayor.

El grueso de la columna estaba formado por unidades del Segundo Cuerpo de Ejército, al mando del general Zabala, formado por:

  • Regimiento de Infantería de Córdoba.
  • Batallón de Infantería de Saboya.
  • Batallón de Infantería de León.
  • Batallón de Cazadores de Arapiles.
  • Batallón de Cazadores de Simancas.

La retaguardia estaba formada por la Segunda Brigada de la Primera División del Segundo Cuerpo de Ejército, compuesta de las siguientes unidades:

  • 1er. Batallón de Infantería de Navarra.
  • Batallón de Cazadores de Chiclana.
  • Una batería de Artillería.

El Tercer Cuerpo de Ejército, al mando del general Ros de Olano, se atrincheró en las zonas altas del valle, dispuesto a marchar de frente y caer en el valle de Castillejos si así lo requerían los acontecimientos.

Simultáneamente, una parte de la flota española zarpó de Ceuta para acompañar a la fuerza terrestre desde el mar, darles cobertura y servirles de base móvil. La fuerza naval estaba formada por los vapores Piles y Panhope, la goleta de hélices Ceres, el falucho Veloz y cuatro cañoneras. En el vapor Panhope embarcó el jefe de la flotilla, capitán de fragata don Miguel Lobo.

 

 

<span>DESARROLLO DE LA BATALLA</span>

 

DOCUMENTOS: La batalla de Castillejos, por Pedro Antonio de Alarcón.

La batalla comenzó sobre las 08:00 horas y finalizó alrededor de las 16:00. Fueron ocho horas de combate sin cesar, cuerpo a cuerpo, con cargas de caballería y a la bayoneta, en las que el arrojo temerario del general Prim consiguió arrastrar a sus hombres a la lucha en los momentos de mayor riesgo para la línea española. Para su mejor comprensión, hemos dividido la batalla en siete tiempos:

 

 

<span>Tiempo 1</span>: Expulsión de los moros de las alturas del valle de Castillejos.

 

Sobre las ocho de la mañana, y tras rebasar rebasar el campamento del Tercer Cuerpo de Ejército, la vanguardia española lanzó un primer ataque sobre las alturas que dominan el valle de Castillejos. Para ello, el general Prim destacó al Regimiento del Príncipe y al batallón de Cazadores de Vergara al mando del coronel Pieltaín. En las alturas esperaban los moros, que eran más numerosos, disparando un fuego nutrido. Sin embargo, los soldados del Príncipe y Vergara cargaron con tal ímpetu a la bayoneta que expulsaron a los moros y en pocos momentos se apoderaron de las alturas con escaso número de bajas.

 

Este ataque fue apoyado por otro realizado simultáneamente por el Batallón de Cuenca, que atacó más al sur por la derecha unas ásperas rocas desde donde los moros, perfectamente parapetados, mantenían un fuerte fuego de fusilería sobre los cazadores de Vergara y que estaba resultando muy eficaz para detener el avance de las tropas españolas, logrando hacer huir a los moros de sus posiciones.

 

Dueño de aquella amenazadora meseta, el general Prim hizo avanzar sobre ella el resto de sus tropas, estableciendo la Artillería de modo que protegiese el avance del resto de la columna sobre el llano.

 

<span>Tiempo 2</span>: Toma de la casa del Morabito.

 

Mientras, en el valle se van congregando numerosas huestes enemigas en las inmediaciones de la casa del Morabito y al amparo de una colina y de los espesos jarales que se extendían desde los cerros de la derecha. Ante esta amenaza, el general O´Donnell ordenó al general Prim que bajase al valle para tomar la casa, mientras descató la brigada del general Serrano, del Segundo Cuerpo de Ejército, reforzada con una batería de Montaña, para que flanquease un bosque cercano que ocupaban los moros y los arrojase de él a todo trance.

 

El ataque del general Serrano finalizó en pocos momentos merced a la inteligencia y arrojo con la que fue ejecutada por el brigadier Serrano y el acierto de la Artillería.

 

Por su parte, el general Prim dispuso sus fuerzas de forma que descendieran y atacaran simultáneamente, apoyados en todo momento por la batería de Artillería de Montaña emplazada en la meseta recién conquistada. El Batallón de Cuenca lo hizo bordeando por la cañada de la derecha; los dos escuadrones de Húsares lo hicieron por la izquierda; por el centro descendieron el regimiento del Príncipe y los cazadores de Vergara, protegidos por el batallón de Luchana por detrás, éste último al mando del propio general Prim. Con este dispositivo la División de Reserva llegó al valle y se dispuso a atacar a los moros.

 

Mientras tanto, la flotilla naval continuaba su fuego de cobertura, concentrado ahora en el valle y en la casa del Morabito. Llegado el momento, los batallones de Príncipe y Vergara se lanzaron al asalto, logrando coronar la altura del Morabito y expulsar a los moros de sus posiciones. Su sorpresa fue mayúscula cuando se encontraron con una fuerza de marineros e infantes de marina que, al mando del capitán de fragata Lobo, habían saltado a tierra y atacado el Morabito embistiendo y arrollando a los moros por su lado hasta encontrarse con los soldados del general Prim. Los soldados de Tierra y de la Armada se abrazaron, se dieron la mano y lanzaron vítores a la Marina, al Ejército, a España y a la Reina.

 

Finalizado el asalto, dueños los españoles del valle de Castillejos y de la casa del Morabito, los moros desaparecieron dando la sensación de que la batalla estaba concluida. La Marina se retiró hacia sus buques y ocupó la casa de la Condesa con un retén de treinta hombres, hasta que avanzara el Ejército y los relevase en sus posiciones. El general Prim tomó posiciones en espera de nuevas órdenes, mientras el general O´Donnell trasladaba su puesto de mando a la citada casa del Morabito. Serían alrededor de las doce de la mañana.

 

<span>Tiempo 3</span>: Primer contraataque de los moros. Acción de la caballería española.

 

Los moros se habían retirado, en efecto. Pero su intención fue la de concentrar todas sus fuerzas, más las que tenían desperdigadas por los montes y bosques vecinos, reforzadas ahora con la harca de Anghera, a quienes vió pasar por la mañana temprano el general Echagüe desde el campamento de El Serrallo en dirección a Sierra Bermeja.

 

El general Prim no necesitó recibir nuevas órdenes, pues de improviso vió cómo apareció ante él una numerosa multitud de moros en la más próxima de la tres lomas que se levantan frente al Morabito. Y aunque desde ella los moros podrían haber hostigado con su fuego a los españoles, se lanzaron a la carga entre gritos espantosos con el arma terciada a la espalda y blandiendo sus cortantes y afiladas gumias y cuchillos. Simultáneamente, por la cañada de la izquierda apareció la caballería mora, que cargaba tratando de llegar al llano.

 

El general Prim se quedó con la infantería para contener a la morisma que se le echaba encima, y lanzó a los Húsares de la Princesa a contener a la caballería enemiga. Los húsares se lanzaron a la carga, arrollando, acuchillando y dispersando a su paso a los moros de a pie que se les pusieron delante sin detenerse a rematarles. Su objetivo era los caballos enemigos, que se ponen en fuga perseguidos de cerca por los españoles.

 

Al torcer un rodeo, los escuadrones españoles se encontraron sin enemigos delante, y con la inesperaba visión del campamento marroquí. Se lanzan a la carga contra el mismo con intención de destruirlo, cuando de improviso el suelo se les hunde debajo de los cascos de los caballos. Los moros habían construido tres profundos fosos, que habían disimulado con ramas y hierbas. Mientras caen en la emboscada, una tempestad de tiros se desata sobre los jinetes españoles, que pugnan por salir de aquella carnicería. Los que lograron salir ilesos escoltaron la retirada de los heridos y la recogida de los cadáveres, abriéndose paso entre los enemigos hasta regresar al valle de Castillejos. Otros, sin embargo, decidieron seguir adelante con la carga y se adentraron en el campamento enemigo, se batieron a tiros y cuchilladas entre las tiendas y, finalmente, regresaron a las filas españolas tras rebasar los tres fosos y recoger a algún compatriota aún caído.

 

En una épica lucha cuerpo a cuerpo el cabo Pedro Mur conquistó una bandera en el campamento marroquí. Los Húsares de la Princesa conquistaron la gloria, pero también perdieron a dos oficiales y treinta jinetes, quedando heridos el resto de los oficiales.

 

<span>Tiempo 4</span>: Primer contraataque de los moros. Acción de la infantería española.

Mientras tenía lugar la acción de la caballería, los batallones del general Prim se enfrentaban por la derecha a un duro combate. Príncipe, Vergara, Luchana y Cuenca recibieron a los moros con sus disparos y bayonetas, capitaneados por su general en todo momento. Resistieron la acometida enemiga, la contuvieron, la quebrantaron y finalmente lograron rechazarla.

 

Rechazado de nuevo el enemigo, el general Prim eligió la posición sobre la que atrincherarse a pasar la noche. Para ello adelantó al Regimiento del Príncipe a la segunda loma, desde donde los moros comenzaban a disparar de nuevo, dejando al resto sobre la primera. Tras conquistar la segunda loma después de un breve combate, el general Prim subió hacia ellos y pudo divisar desde allí el campamento marroquí, protegido entre cuatro montes. Sintiendo la irresistible tentación de caer sobre él, se aprestó para el ataque. Pero decidió consultar la decisión con el general O´Donnell quien, una vez Prim en el puesto de mando del Morabito, le hizo desistir de sus propósitos, pues el objetivo del día era avanzar sobre Tetuán. Además, el campamento marroquí estaba protegido por cuatro montes, y su conquista hubiera supuesto pérdida de hombres y una demora y desvio sobre el objetivo del día.

 

El general Prim regresó a la posición conquistada y los Ingenieros, protegidos por los cazadores de Vergara, continuaron los trabajos de fortificación y atrincheramiento del campamento.

 

<span>Tiempo 5</span>: Segundo contraataque de los moros.

Los españoles renunciaron a atacar el campamento marroquí, pero los moros se sentían amenazados por la presencia española y decidieron atacar las nuevas posiciones del general Prim, cuya posesión era necesaria para cubrir el camino de la costa. De nuevo se trató de una lucha denodada, sangrienta y cruel. Los moros atacaban con ímpetu y resolución los batallones de Príncipe, Vergara, Luchana y Cuenca, desplegados en línea dada la extensión del ataque marroquí y cada vez más reducidos en número. Mientras los del Príncipe avanzaban y desalojaban a los moros, el general Prim hizo avanzar un batallón del 5º Regimiento de Artillería, que luchó a pie a modo de infantería a las órdenes del coronel don Ignacio Berrueta. Se luchó cuerpo a cuerpo, a tiro de pistola, a la bayoneta; la carnicería fue espantosa.

 

Los moros caían por doquier, pero otros muchos sustituían a los caídos. La situación de los españoles era crítica en aquellas alturas, pero a pesar de ello los soldados se mantienen firmes sin perder un solo palmo de terreno bajo el denso fuego enemigo.

 

<span>Tiempo 6</span>: Ataque del Regimiento de Córdoba.

 

El general O’Donnell, establecido el Morabito, reconoce el campo y ordena que el general García ataque desde el valle con siete batallones del Segundo Cuerpo de Ejército, y que Prim aguante mientras tanto en las posiciones avanzadas que había ocupado. Pero la inaccesibilidad del terreno y la posición ventajosa del enemigo impiden el ataque.

 

Ante lo comprometido de la situación, el general O´Donnell ordenó al Regimiento de Córdoba, perteneciente al Segundo Cuerpo de Ejército, que reforzase la línea del general Prim y que lo hiciese a las órdenes del brigadier Angulo.

 

El refuerzo llegó en el momento más apropiado, pues los del Príncipe no aguantaban más. A su llegada, el general Prim les ordenó dejar las mochilas en el suelo, dejó un batallón de Córdoba en reserva y se puso a la cabeza del otro para contener a la innumerable masa de moros que amenazaba destruir al Príncipe. Pero fue inútil. Quien avanza cae.

 

Imposible dar un paso. Los oficiales, a la cabeza de la tropa, trataban en vano de hacer avanzar al batallón de Córdoba. El momento era crítico. Por segunda vez el batallón intentó avanzar, y por segunda vez se estrelló contra un muro de fuego. Mientras tanto, los moros avanzaban resueltos. El general Prim vió lo comprometido de la situación. A caballo, cogió la bandera de España que enarbolaba el abanderado del REgimiento de Córdoba y, dirigiéndose a los soldados, les arengó de la siguiente manera:

 

“Soldados podéis abandonar esas mochilas porque son vuestras, pero no podéis abandonar esta Bandera, que es de la Patria. Yo voy a meterme con ella en las filas enemigas … ¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejareis morir solo a vuestro general? ¡Soldados! … ¡Viva la Reina!”

Y enarbolando la bandera se lanzó a las posiciones del enemigo sin preocuparse si iba solo o acompañado. Su gesto y arenga tuvo tanta fuerza que logró electrizar a los soldados del Córdoba, que se lanzaron al ataque al grito de “¡Viva nuestro general!”. El ímpetu de la carga fue tal que lograron ocupar definitivamente la posición y rechazar definitivamente al enemigo.

 

<span>Tiempo 7</span>: Tercer contrataque de los moros. Socorro del general Zabala.

 

Las tropas de Prim se prepararon para recibir un nuevo ataque, pues los moros volvieron a reorganizarse y amenazaron con envolver la posición del general Prim avanzado por una cañada de la derecha. Pero el general Zabala vió el peligro desde las alturas por donde avanzaba, y sin dudarlo se lanzó contra los moros poniéndose personalmente al mando de los batallones de Saboya y León y los Cazadores de Arapiles y Simancas, quienes detuvieron el ataque de los moros, que se retiraron dejando numerosas bajas en el campo.

 

<span>Tiempo 8</span>: Cuarto y último contrataataque de los moros.

 

A pesar de haber sido batidos en todos sus intentos, los moros no se daban por derrotados y organizaron un nuevo ataque contra las alturas ocupadas por los batallones de los generales Prim y Zabala. De nuevo arreció la lucha y las descargas cerradas se oían en lo alto. Ese fue el momento elegido por el general O’Donnell para lanzarse personalmente al combate, al que acudió al grito de:

 

“¡A ellos! ¡Terminemos de una vez! ¡A la bayoneta, soldados! ¡Viva la Reina!”

Con él iba el Regimiento de la Princesa, al mando del brigadier Hediger. Mientras tanto, los moros seguían tratando de recuperar las alturas, pero eran constatemente rechazados por las tropas de Prim y Zabala. Trataron de volver a atacar por la derecha, pero se retiraron al ser amenazados por el general García, que reforzaba la derecha española con los cazadores de Chiclana y el primer batallón de Navarra, al mando del general don Enrique O´Donnell. El general Prim salió al encuentro del general O´Donnell y le dirigió las siguientes palabras:

 

“Mi general, aquí mando yo. Este no es su puesto de usted. Su vida no le pertenece, y aquí la expondría sin necesidad. Todo está ya terminado.”

A las cuatro de la tarde terminó la batalla. Los moros se batieron en retirada y los batallones españoles no les perseguieron, contentándose con mantenerse en sus posiciones. La división de Prim, que había combatido sin descanso desde el amanecer, fue relevada en sus posiciones conquistadas por la Primera División del Segundo Cuerpo, y acamparon en las posiciones ocupadas, donde permaneció el general Prim para dormir aquella noche.

 

<span>DESPUES DE LA BATALLA</span>

<span> </span>

En la batalla participaron más de 20.000 marroquies del ejército de Muley-el-Abbas, cuyas bajas fueron de unos 2.000 hombres. Los soldados españoles que tomaron parte en los combates fueron unos 8.000 hombres, cuyas bajas fueron de 20 oficiales muertos, 68 heridos, 63 soldados muertos y 418 heridos.

 

Tras diez horas a caballo sin separarse de sus hombres, el general Zabala sufrió una parálisis al desmontar; tuvo que entregar el mando de su Cuerpo de Ejército al general Orozco y dos días después fue trasladado a Ceuta.

 

Por los méritos contraídos en esta batalla, al general Prim, que ya era Conde de Reus, se le otorgó el título de Marqués de Los Castillejos y Grande de España.

 

El general O’Donnell pudo prepararse para la toma de Tetuán tras su primera gran victoria en campo abierto sobre tierras africanas.

 

BATALLA DE TETUÁN (4 y 5 de febrero de 1860)

Segunda victoria española en suelo marroquí en campo abierto en la primera guerra de África. Al día siguiente las tropas españolas entraron en Tetuán, primer objetivo de la campaña.

La batalla de Tetuán, uno de los combates decisivos de la guerra, tuvo lugar entre el 4 y 5 de febrero de 1860. Las tropas del Sultán estaban comandadas por sus propios hermanos, Muley al Abbas y Muley Ahmed. Aunque la superioridad numérica de las fuerzas marroquíes era notoria, superioridad que se multiplicaba por la ventaja que les proporcionaba el terreno y el conocimiento del mismo, el general O´Donnell, un tanto inconsciente en su maniobra militar, ordenó el avance de las tropas españolas y el asalto frontal y a la bayoneta de las trincheras del enemigo.

 

Batalla de Tetuán, pintado por Salvador Dalí en 1961 (Colección particular, extraido de Internet). Destaca el hiper-realismo de los caballos, aunque incorpora temas propios como la figura de Gala arriba y unos esotéricos números en la parte izquierda. Los jinetes voladores parecen extraídos directamente de “Las mil y una noches”. Una larga pierna apoyada en el centro parece simbolizar la opresión colonialista, que deja una tierra yerma flanqueada por los ejércitos. El ejército español está representado por el brazo harapiento que sostiene el sable, fuera de encuadre, anticipando su derrota final.

 

Un ala del ejército de O´Donnell, constituido por caballería, subió por el borde del río hacia la población; otro cuerpo, compuesto por infantería, ascendió también hacia la ciudad, tomando por el camino del centro del bosque, mientras que el propio O´Donnell avanzó con el resto del contingente. Los dos cuerpos, bien desplegados, consiguieron desalojar el campamento de Muley Ahmed cargando a la bayoneta. El cronista Charles Yriarte describe de esta manera el final de la batalla:

 

“La trinchera estaba literalmente sembrada de cadáveres, los cañones maculados de sangre; los artilleros enemigos, valientes hasta el suicidio, se habían hecho matar junto a sus piezas”.

Los “voluntarios catalanes” son los que se llevaron la peor parte en los combates. El general Prim observó la lógica vacilación de sus hombres ante las bajas que están sufriendo e inmediatamente se puso al frente de los mismos arengándoles a la lucha contra el enemigo y recordándoles su promesa de no abandonarle. Los “voluntarios calatales”, espoleados por su paisano (el general Joan Prim i Prats había nacido en la población de Reus) se lanzaron inmediatamente hacia el enemigo consiguiendo, tras duros combates, romper el frente y hacer retroceder a las tropas del Sultán.

 

Victor Balaguer, en su libro “Los españoles en África”, nos ofrece una simple pero significativa anécdota de lo que era y sentía el ejército español en aquellos instantes. En un momento de la batalla, y tras escuchar las trompetas que sonaban en combate, un soldado español que se encontraba en las trincheras preguntó a otro: “¿Que tocan?La polca del general Prim – le contestó su camarada”.

 

El día 6 de febrero de 1860, los voluntarios catalanes izaron la bandera española en la alcazaba de la ciudad, señal de ocupación de la ciudad.

 

 

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